Yo nunca tuve una abuela que removiera caldos con un cucharón de madera y me diera a probar a escondidas del resto. Ella no hacía mermeladas caseras ni recogía moras para hacerme un pastel. Todas las imágenes que me sugieren olores y recuerdos de ese tipo las saqué de las películas y los libros. Y confieso que las envidié.
No he crecido entre fogones. No he sido golosa ni he apreciado el olor de un buen guiso hasta pasados muchos años.
Pero siempre he tenido un cuaderno a mano, un lápiz y un tarro de imaginación en conserva dentro de mi cabecita loca.
En ese cuaderno he tenido abuelas de pelo blanco que cocinaban tartas de manzana mientras un gato nos acariciaba los pies y en una mesa camilla escuchábamos radionovelas. Entre sus páginas he tenido un abuelo pirata, he vivido en un faro, he despertado en una cabaña en Laponia y he cenado en una azotea de Londres mientras Elvis Costello tocaba Alison para mí. Gracias a ese cuaderno he hecho realidad algunos de mi sueños.
Y ahora, aún ahora, cuando destapo un tarro de mermelada y trato de traerme en forma de recuerdos el sonido de los cucharones removiendo compotas en ollas de barro, consigo que aquella abuela que sí tuve, que tricotaba día y noche y nunca salía de casa sin peinar, maquillar y unos tacones a juego con el bolso, me sonría y me diga: venga "Nana", llena la hoja de historias.
Sí, hoy tuve un brote de añoranza … abriendo un tarro de mermelada.
(… …)

